El tercermundismo en apuros
Breve, irrelevante e incomprensible crítica al fetichismo de la periferia
Parte de la complejidad y aparente irracionalidad del mundo en el que vivimos deriva directamente de los comportamientos erráticos, en apariencia irracionales, del gran hegemon en el que se convirtió Estados Unidos incluso antes de la caída del muro. El gran territorio del Capital en las Américas, desinhibido en su nacimiento del peso de los derechos adquiridos europeos, se devoró al mundo con una ferocidad inusitada. Ganó la verdadera Gran Guerra y, de la mano de Rusia, destruyó a los grandes imperios europeos generando un mundo de pequeñas potencias locales de facto subordinadas por las buenas (financieramente) o por las malas (militarmente) al poder central. La libertad, o la interpretación que de ella hace este Estado —la democracia— se erigió como pilar de la retórica política global y movió con ella el devenir primero de los países centrales y luego de los periféricos. No hay, hoy día, liberación concebible alguna que no sea una interpretación de un modo de sumisión al imperio. No hay pensamiento que escape a sus contradicciones internas.
En este contexto —en el que incluso el gran oponente global no es otra cosa que un engranaje en un sistema al que no quiere dejar de pertenecer— la periferia se encuentra frente al abismo teórico. El localismo romántico, es decir, el nacionalismo vulgar, no puede sobrevivir sino pervirtiendo todo contenido formal de historia, reinventando una nación pura e inmaculada siempre presa de las maldades de los poderes centrales que la quieren subyugar. Por su propia inmadurez es incapaz de comprender la diferencia de grado entre sus poderes, sus inteligencias, y las que habitan en el centro del imperio.
Paralelamente, no entiende el modo en que esa diferencia de grado hace que decisiones lógicas dentro de ese mismo centro sean irracionales desde su exterior. Oscila entre la propuesta de copia vulgar y la de negación absoluta, el primitivismo religioso, como solución a lo insondable del presente. Está convencida de la unicidad de su territorio, el hecho de que sus falencias se deben a cierta esencia irreductible de verdad, del alma del pueblo, al que la lógica global no puede contener ni saciar. La libertad del tercermundista, nunca bien explicada, es la autonomía, libertad de los antiguos, en un mundo en el que la misma dista infinitamente de satisfacer las demandas de los seres humanos. La insatisfacción generalizada se vuelve rápidamente contra ellos y los termina o bien eyectando del poder, haciendo que se peleen con esta supuesta esencia que creían comprender, o bien convirtiéndolos en tristes tiranos condenados a doblegar por la fuerza a un alma que creen conducir hacia su destino manifiesto.
La irracionalidad externa, la incapacidad de lidiar con la realidad de su tiempo e historia, se convierte rápidamente en un culto a la irracionalidad interna. El sentimiento, el goce, la fetichización de la felicidad inmerecida, se convierten en las categorías políticas por excelencia y en las categorías teóricas que ordenan el saber. Nada vale si no le rinde pleitesía a la boca que consume el mundo sin sentido ni virtud. El placer como ordenador destruye toda noción sustantiva de identidad, todo horizonte temporal genuino. La historia se dirime en períodos cada vez más cortos, en rencillas cada vez más personales y ridículas que le quitan todo género de perspectiva a incluso los más educados entre los tercermundistas. La salvación del universo se pone en juego en cada votación de centro de estudiantes, en cada plebiscito de concejales.
Si bien esto le da intensidad política a quienes se dejan abrazar por esta marea, pues cada batalla no solo es parte del todo sino que es decisoria, también genera una pésima economía de fuerzas. El desperdicio de intensidad, de esfuerzo y pasión, en peleas estériles deja al conjunto incapaz de dar las batallas verdaderamente relevantes. La nación se envuelve en pequeñas guerras civiles que desgastan a la ciudadanía y la dejan presa de actores maliciosos, tanto externos como internos. Las nociones de gloria y grandeza dan lugar a las de bienes y males abstractos, que no hacen más que enmascarar las preferencias tribales de sus líderes. El interés individual, grupal y colectivo se funden perversamente en un nominalismo que solo descree de los conceptos si no le sirven a sus intereses. La verdad se fragmenta en tantos pedazos como partidos y la guerra se vuelve cuestión de tiempo.
El gran problema del tercermundismo, en última instancia, es la adoración de un dios inexistente, un becerro de oro colectivo producto del vil narcicismo tribal de las masas y sujeto a la fragilidad de sus pasiones. El diablo susurra a su oído que todo lo puede, que todo les puede dar, que su felicidad eterna está tan solo a una votación de distancia si solo confían en él, si tan solo lo adoran. El enemigo, astuto, les jura que sus fracasos nada tienen que ver con sus esfuerzos, nada tiene que ver con sus falencias, sino que es culpa del mundo que por miedo a su grandeza conspira contra ellos. La sensualidad se apodera de las mayorías y la fiesta se desenvuelve. Agotadas las pasiones, agotadas las reservas, el engaño se hace patente, la guerra religiosa acontece. El pacto estatal, entonces, no consiste en otra cosa que en la comprensión colectiva de la sujeción a la ley del mundo (natural, humana, divina, como quieran llamarla), que articula y limita el accionar del Gran Hombre nacional para conducirlo a su preservación. El político que ignore esta configuración del territorio de su acción carece de guía en el mundo y estará condenado a repetir los errores de sus antepasados.



Hay que volver al approach teológico de la Constitución de 1853:
"*para nuestra posteridad*, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino: *invocando la proteccion de Dios, fuente de toda razon y justicia*"
Es decir, ya el preámbulo baja una línea reñida con el "tercermundismo" o nacionalismo vulgar tal como estamos acostumbrados:
-Dejar claro que el partido que estamos jugando es multigeneracional, con la posteridad en mente cuando tomamos la decisión política de constituirnos (y por extensión todas las decisiones subsiguientes)
-Invocar a Dios, la noción trascendental, pero en una inflexión inexorablemente legada a los conceptos de "razón y justicia", lo mejor del iluminismo, sin restringirse a un credo específico.
-Y encima una concepción de nación apta para integrar "a todos los hombres del mundo"
En definitiva, un escudo de fe contra los "becerros de oro" de los narcisismos tribales y generacionales