La bomba de tiempo de Triffin
Parte internacional
Toca cada tanto expedirse sobre los acontecimientos globales a fin de evitar la cruel acusación (extendida de mi parte) hacia buena parte de los analistas políticos locales de estar obsesionados exclusivamente con lo que ocurre en el país. Argentina, sin lugar a dudas, viene siendo uno de los lugares más interesantes a nivel global para pensar el presente, aunque dicha primacía del interés viró de nuevo hacia el centro del Imperium con el regreso del monarca Donald. Tener agencia dentro de una nación tan gigantesca, que tus decisiones personales afecten el funcionamiento intrínseco de la maquinaria, es increíblemente complejo y hoy estamos frente a cambios monumentales en la ecuación de gobierno global. Comprender esta historia, aunque sea de manera parcial, con sus complejidades y posibles resoluciones, requiere remontarnos unos cuantos años atrás.
El origen de la crisis de los aranceles, campo principal de batalla de la nueva administración americana, tiene sus raíces en lo más profundo de la constitución del sistema financiero global: el rol del dólar. El dólar no siempre tuvo su lugar exorbitantemente privilegiado como moneda de reserva global. Aunque la salida de la segunda guerra consolidó a EEUU como la gran potencia global de Occidente, extendiendo su protectorado económico a Europa y Asia, el sistema de Bretton Woods tenía como fuente de valor —al menos en los papeles— de las distintas monedas globales, fijadas entre sí, al oro. Las crisis inflacionarias volvieron a este peg recíproco insostenible para el dólar y en 1971 el señor Nixon lo terminó. El sistema que le siguió, y en el que vivimos hasta hoy día, es el del dólar como moneda de reserva global, asentada en el poderío militar norteamericano y el pacto con los países exportadores de petróleo respecto a la compra de esta commodity central en greenbacks. El comercio global pasó así a manejarse predominantemente a través de la moneda emitida por la reserva federal norteamericana, mientras que el ahorro global se canalizó a través de los bonos emitidos por el tesoro norteamericano, que pasaron a ser considerados como la tasa libre de riesgo de la economía mundial.
El hecho de que en estas líneas consideremos al resto de los países salvando EEUU como NPCs, en buena medida, tiene que ver con este fenómeno crucial. Norteamérica parece tener un privilegio exorbitante, término acuñado por el ministro de finanzas francés Valery Giscard d'Estaing, respecto al resto de las naciones del mundo, ya que puede financiar ilimitadamente su déficit fiscal con emisión dado que su moneda parece tener una demanda casi infinita. Si el mundo transacciona y ahorra en USD, los EEUU pueden cumplir el sueño de los Kicillofs de la vida y emitir casi ilimitadamente para mantener a raya las siempre problemáticas demandas presupuestarias que supone sostener una presencia militar global. En términos políticos esto constituye una renuncia parcial de la soberanía monetaria del resto de los países, en tanto consiste en los hechos en aceptar el criterio de un Estado ajeno (pues la moneda fiduciaria no es más que una opinión hecha papel) como fundante del propio. El hecho de que cuando Estados Unidos estornuda el resto del mundo se resfría ocurre porque el dólar (y los bonos del tesoro) actúan como vector de contagio.
El problema con este sistema lo notó bastante temprano, en el contexto aún de Bretton Woods, un economisa llamado Robert Triffin en lo que se conoce como el dilema de Triffin: una economía cuya moneda sirve como moneda de reserva global debe enfrentarse a la disyuntiva de, o bien emitir constantemente su moneda para darle liquidez al sistema, generando así una eventual pérdida de confianza en el valor de esa moneda y una consecuente crisis global, o bien restringir la oferta de su moneda dando lugar de esta forma a presiones deflacionarias y un estancamiento del comercio internacional. La opción de emisión indefinida, que fue la preferida por los EEUU, tiene a su vez un problema respecto a cómo hacerle llegar esa moneda al resto de los países. En efecto, si el mundo demanda tu moneda para transaccionar, mantener el sistema requiere que se la proveas de un modo u otro. La forma principal para proveerla, más allá de organismos multilaterales como el FMI, el BM y otros, o la ayuda extranjera directa, es teniendo un déficit comercial con esos países. En términos vulgares, comprándoles más de lo que uno les vende. Es así que la serie histórica de la balanza de pagos de los EEUU tiene esta forma:
EEUU pasó, con la caída de Bretton Woods, de ser un exportador neto a ser un importador neto del resto del mundo por varios puntos de su PBI. En 2006, vemos en el gráfico, esté déficit llegó a su pico en 6 puntos del PBI americano, mientras que desde entonces corrigió pero nunca quebró demasiado la barrera del 2%.
Esto, en principio y por un tiempo, no debería ser un problema. Como ya muchos economistas remarcaron, en los hechos el asiento imperial intercambia papelitos pintados por objetos físicos con el resto del globo. El poder adquisitivo de sus trabajadores es incomparable hoy día con casi cualquier otra nación por bastantes órdenes de magnitud y todos hablamos del malvado imperio que expolia al mundo de sus recursos naturales. La nación americana se convirtió en la gran consumidora de bienes del resto del planeta, su mercado doméstico incomparable al resto, con excedentes del consumidor y acceso a crédito inigualables.
Ahora bien, la trampa inherente a este esquema tiene dos aspectos. El primero, delineado por el dilema de Triffin, es que la emisión indiscriminada de moneda le pone presión al sistema financiero norteamericano y global. Un déficit comercial sostenido necesita ser financiado de alguna forma. Mientras que la reserva federal no tiene problemas en seguir imprimiendo, el tesoro norteamericano debe acceder a estos dólares a través de la emisión de deuda para financiar el déficit. Su deuda, aunque sea la más demandada del planeta, hace tiempo ya que excede los límites legislativos para la misma generando crisis constantes de gobernabilidad en cada votación del presupuesto en el congreso. La suba brutal de tasas comenzada en 2022 por la crisis inflacionaria volvió a su vez a esa bola de deuda pública cada vez más onerosa de financiar, mientras que las razones estructurales para la emisión de dicha deuda (el financiamiento del déficit comercial de la nación), evitan que se solucione. Si el tesoro intentara de algún modo solucionar su déficit sin atacar este punto el sector privado americano tendría que, o bien financiar él mismo el déficit comercial, o bien restringir su consumo de productos importados generando las presiones deflacionarias descritas por Triffin. Ya de por sí este aspecto pone una fuerte presión sobre el sistema financiero global en la medida en que el resto de los países comienzan a anticipar una crisis en la ecuación que gobierna a su comercio. Si la deuda es insostenible y el sector privado americano no puede reemplazar al tesoro, la misma será o bien licuada o bien defaulteada, lo que demanda cubrirse contra esas eventualidades buscando patrones alternativos. El ruido en torno a una moneda común de los BRICS —países casi todos bananeros y carentes de la credibilidad necesaria para tener una moneda de reserva global— va en parte por este lado.
El segundo aspecto, y quizás el más pernicioso, es la desindustrialización derivada de este sistema de incentivos. La necesidad del déficit comercial norteamericano conlleva la necesaria extranjerización de los procesos productivos. La demanda extra aprecia al dólar y por tanto aprecia a los salarios americanos respecto al resto del mundo, volviendo la producción local por lo general mucho más cara que en otros países. Estados Unidos tiene que convertirse, de acuerdo al sistema, en un comprador neto de productos del resto del mundo. Esto, como dijimos antes, es presentado por economistas como un gran privilegio: el ciudadano americano ya no tiene que andar soldando fuelles en una fábrica en Houston y puede dedicarse a vender autos u optimizar algoritmos de high frequency trading en una cómoda oficina con aire acondicionado. Sin necesidad de mencionar el hecho de que esto fue bastante destructivo para las comunidades organizadas en torno al trabajo fabril, este proceso de reconversión laboral le hizo perder a EEUU buena parte de su base manufacturera local. El problema radica en que sobre esta base manufacturera, en buena medida, se asentaba su poderío militar. Poderío militar sobre el que se asienta su capacidad de erigirse como garante del comercio mundial y establecer su moneda como moneda de reserva global. El privilegio extraordinario siempre tuvo como contrapartida el gasto extraordinario en defensa, el establecimiento de un protectorado sobre Europa —financiándoles de esta forma sus Estados de bienestar y sus vacaciones de 2 meses al año— y el mantener a raya a las potencias revisionistas. El desarme de la industria volvió mucho más endeble y cara la cadena productiva de insumos y material militar.
En una nota algo filosófica, este proceso me recuerda a la dialéctica entre el señor y el siervo de la fenomenología del espíritu. En el choque de dos autoconciencias, en este caso países, la victoriosa que subyuga a la perdedora sin matarla la obliga al trabajo. Este trabajo le abre al señor la puerta del goce frente a la naturaleza, una libertad que antes no conocía, pero también humaniza al siervo a través del trabajo. El esfuerzo del trabajo, de la humanización de la naturaleza, humaniza al siervo que había sido reducido a la indignidad cuando aceptó servir en lugar de morir. El EEUU victorioso se entregó al goce del triunfo y ahora se encuentra en peligro por el trabajo de aquellos a quienes puso en posición de trabajar.
Es así que la población norteamericana se convirtió en una población de consumidores endeudados, dejando que los niños del sudeste asiático les cosan la ropa y dándoles a cambio papelitos pintados. Lamentablemente en este proceso descuidó, por impericia o designio de facciones dentro de los EEUU (teléfono para los demócratas), el fundamento de su primacía global. Esto puede verse muy claramente en la incapacidad para hacerle frente a la amenaza houthí en el Mar Rojo desde 2023, en el que un ejército minúsculo equipado por Irán pudo impedir casi completamente la navegación por una vía marítima central. Por más pro israelí que yo sea, es innegable que esto constituyó una humillación sin parangón tanto para los EEUU como para Europa, principal perjudicado en términos económicos por este bloqueo. La dependencia de aliados para producir material militar estratégico, como navíos y municiones, junto con la ineficiencia de la base industrial-militar propia a causa de regulaciones y corrupción burocrática, subieron los costos de aprovisionamiento a niveles estratosféricos.
El principal beneficiario de todo este proceso fueron las incipientes economías asiáticas en sus aperturas comerciales, eminentemente, en estos últimos 30 años, con el estancamiento japonés, China. La capacidad manufacturera de la economía china eclipsa a la de EEUU, aunque no a la de todo el bloque occidental junto aún, y sus designios bastante explícitos respecto a expandirse hacia el mar del sur ponen a los americanos frente a aquello que perdieron desde la caída de la URSS: un rival par con capacidad y voluntad de hacer prevalecer sus intereses nacionales por la fuerza. Todo esto con el pequeño agravante de verse envueltos en una polarización política feroz entre demócratas y republicanos y tener su base industrial-militar diezmada. Con el agregado de que buena parte de esa base o bien depende directamente de su rival par o bien está a tiro de sus misiles.
El Imperator Trump se enfrenta en su segundo mandato a esta coyuntura extremadamente compleja. Si bien la situación no ha llegado al punto de no retorno, dejar que prosiga por este camino solo cementaría la inevitable pérdida de primacía global de los EEUU. Esto es para él inaceptable y demanda de acción inmediata. En primer lugar, la estrategia de los aranceles globales señalan correctamente al centro del problema norteamericano: el creciente déficit comercial llegó a un punto en el cual todo el sistema está expuesto a un stress brutal por la corrosión de la confianza en el dólar. Si Norteamérica deja de proveerle liquidez al resto del planeta mediante este déficit nos vamos a enfrentar a una crisis deflacionaria de proporciones épicas, mientras que si mantiene este nivel de déficit fiscal el tesoro se volverá incapaz de sostener los pagos de intereses de deuda. Para bajar la deuda y hacerla sostenible intertemporalmente es necesario, entonces, reformular las condiciones del comercio internacional a fin de volver sustentable la posición norteamericana. Esto requiere de un cambio de reglas urgente de parte de sus aliados globales, cambio de reglas que inevitablemente los perjudicará en el corto plazo. Dentro de ese cambio de reglas se debe incluir también una modificación de las cadenas de valor global, eminentemente en cuestiones militares, hacia aliados estratégicos o hacia dentro del propio EEUU a fin de asegurarlas en caso de hostilidades chinas. La incógnita frente a la que nos encontramos es cómo lograr estos objetivos centrales a su supervivencia como superpotencia global sin dar por tierra en el proceso con todo el sistema único en la historia que para bien o para mal supo construir en estos años. Esto, a su vez, se tiene que realizar teniendo líderes hostiles en sus principales aliados europeos, más preocupados por mantener el jubiladismo continental que por la disputa por la hegemonía global.
Personalmente, no veo particularmente probable como resultado de este proceso una hegemonía global china, le salgan bien o mal las cosas a Donald. En el peor de los casos nos encaminamos hacia un sistema más fraccionario determinado por zonas de influencia y un comercio global mucho menos fluido. Mal que mal, sigo considerando que Occidente como modelo civilizacional no tiene parangón en el mundo, aunque necesite ser despertado de su sueño dogmático y puesto frente a la realidad de su situación por la fuerza. Tampoco sé si Trump es el líder con la sabiduría como para llevar adelante satisfactoriamente este proceso, aunque la vereda de en frente no genera tampoco demasiadas expectativas de poder hacerle frente. En todo caso, la coyuntura a la que se enfrenta Argentina es extremadamente compleja y volátil, por lo que es bueno atajarla con superávits gemelos y reservas en el central.




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