La muerte del bipartidismo abortado argentino
O de los periplos de una inconsciente amistad finalizada
El siguiente texto fue escrito en febrero de 2025 y se publica hoy 17/5/2025 sin modificaciones. Solo modifico el título.
La rivalidad política es una bestia peligrosa que hace estragos hasta en las psiquis más entrenadas. Todos somos presas de ver en nuestro enemigo a la personificación del mal en la Tierra, la causa última de la putrefacción moral y material de nuestros seres queridos y, quizás, del planeta entero. Hasta las pequeñas y triviales rivalidades, una mujer que ocupa todas las máquinas en un gimnasio, un alumno en el bando contrario de un centro de estudiantes, pueden escalar hasta tomar dimensiones trágicas. Sin embargo, los enemigos, aquellos a quienes queremos ver más que a nada en el mundo derrotados, cumplen la lamentable función de determinar nuestra identidad. Solo podemos ponerle un cerco al “nosotros” en la medida en que vemos al grotesco “ellos” siempre al acecho. Aunque queramos engañarnos y decirnos a nosotros mismos que en verdad nos definimos por valores, ideas, conceptos, liderazgos, la cruda realidad es que sin oposición externa la unidad es imposible. El enemigo en el marco de una democracia en la que la eliminación física no es una opción se convierte entonces en algo más parecido a un rival, alguien que se para frente a nosotros para que, a través de su oposición, nos permita crecer.
¿Qué hacer cuando nuestro querido y odiado rival es derrotado de forma categórica por alguien ajeno a nosotros? ¿Qué hacer cuando aparece un nuevo “ellos” con un contenido ambivalente, que mezcla elementos afines con extraños? De repente el velo que nos impedía ver la relación codependiente que teníamos con el enemigo se levanta: “ellos” y “nosotros” se reconfiguran en torno a lineamientos completamente distintos a los anteriores. La guerra se perdió, las fronteras cambiaron y toca elegir en qué país se quiere vivir. La política argentina, eminentemente el amplio abanico ideológico que se dio a llamar Cambiemos, se encuentra precisamente en la posición de haber perdido la capacidad de definir sus fronteras, de definir a su rival. Lo que entonces pensábamos que era Corea del Norte o del Sur de un día a otro se convirtió en Corea del Este y del Oeste. La tábula rasa destruyó la línea que antes parecía infranqueable.
El mileiísmo irrumpió intempestivamente en la arena pública. Su progresión del panelismo grotesco a una diputación sin mayores eventualidades, a quizás el control del ejecutivo más fuerte y efectivo de la historia reciente argentina, se vivió como un espejismo para quienes estaban subidos a los polos institucionales de la vida pública. En lo que pareció un instante fatídico las luces se apagaron y se volvieron a prender, los actores cambiaron de ropajes, el juglar se volvió rey y los personajes principales se mezclaron en el coro. Los que veíamos el espectáculo desde afuera, más allá de una ligera confusión inicial, entendimos que el gran apagón significó el fin de la escena, quizás incluso de la función anterior y el comienzo de una nueva. A esta la comenzamos a juzgar por sus vicios y virtudes, siguiendo nuestros criterios o preferencias personales y no mucho más. El problema es que la obra anterior no era un drama cualquiera, sino uno en el que la audiencia estaba compenetrada. Muchas de sus vidas se definían en torno a cada entrega, las relaciones con los personajes eran íntimas y potentes. En un giro narrativo propio de Jorge R. R. Martin decapitaron o encerraron a esos viejos protagonistas y los nuevos actores tienen el descaro de pedirnos nuestro silencio, nuestra aquiescencia, ¡que dejemos de abuchearlos por no estar a la altura de sus predecesores!
Con esta analogía no queremos denostar desde estas humildes líneas la oposición de varios sectores del ancién cambiemismo al gobierno libertario. El escepticismo en torno a los compromisos republicanos, a las cuestiones de género y demás buts son desde ya atendibles, pero es difícil explicar la virulencia de parte de quienes en mayor o menor medida estaban subidos al escenario político en contra de la nueva administración sin pensar este fenómeno de desidentificación. La deformación profesional filosófica nos lleva a descartar en primera instancia la mala fe como motivo si podemos dar cuenta del fenómeno racionalmente. Uno de los elementos centrales para definir una identidad es el fin que mueve a un agente. Más allá de su factibilidad, el fin de la política peronista radicaba en un país corporativo de baja desigualdad, pero de ingresos más humildes, autosuficiente e integrado con Latinoamérica. Mientras tanto, el fin cambiemita aspiraba a un país más afín al libre mercado con una desigualdad dentro de todo controlada e ingresos más altos, integrado al mundo y teniendo como horizonte a Europa. Macri operó en un terreno político en el que la población no demandaba ni por asomo una emancipación de las garras del Estado, sino que meramente pedía un ajuste leve de esas garras para ir hacia un objetivo menos latinoamericano y más cosmopolita. No me ahorques tanto con la inflación, la corrupción y el cepo, devolveme el crecimiento, y con eso estamos. Su promesa electoral no iba más allá de la racionalización de lo existente, del arreglo de la ineficiencia peronista. Es decir, la diferencia de posiciones entre el cambiemismo republicano y su rival no se le aparecía a estos primeros como “revolucionaria” sino más bien como reformadora. La revolución de la alegría, concepto oximorónico si los hay, era precisamente el modo de dotar de épica a la siempre tan aburrida tarea de reforma gradual para excitar los sobregirados corazones argentinos. El máximo grado de compromiso posible con un país enamorado del estatismo mezclado con el mínimo cambio necesario para que el Estado sea sustentable intertemporalmente.
El fracaso del proceso macrista, independientemente de sus motivos, tuvo dos lecturas diferentes. Los cambiemitas de pura cepa en su mayoría abandonaron esta última esperanza racional respecto a la posible redención del país. La frustración solo se veía acentuada por el hecho de que la experiencia en el gobierno fue un gradual proceso de reacomodamiento de las variables económicas e institucionales, respetando las sensibilidades y las billeteras de movimientos sociales, sindicatos, etc. ¿Qué esperar de un país en el que incluso este acercamiento amigable hacia la racionalidad general era contestado con acusaciones de genocidios imaginarios y destrucción de jubilados? Más allá de las fallas concretas de la coalición, el retorno triunfal de un peronismo cuya corrupción y estupidez eran indudables hablaba de un pueblo igual de corrupto y estúpido. La conurbanización pagnística, origen de todos los males, constituía el estigma imborrable de una nación destinada al colapso. Quienes votaron al infame remisero, junto con los menos intensos dentro de los votantes de cambiemos, consideraban en buena medida que el fracaso del proceso macrista se debía a la impericia de sus actores, quizás incluso de su falta de patriotismo o corrupción, y que el peronismo iba a arreglar fácilmente el descalabro del retorno al FMI. En buena medida se vivió como un pueblo que, pensando haber aprendido de sus errores, volvía a los brazos de quien siempre le había asegurado la dicha. Una bella ilusión que informó los altos niveles iniciales de aprobación de AF.
Cuando el crash político, económico, sanitario y moral albertista se empezó a hacer evidente a cualquier observador no lobotomizado, esta doble tesis derivada de 2019 se vio falseada. Por un lado, 2021 obligó a los macristas a volver a creer parcialmente, casi a regañadientes, en la racionalidad de la voluntad popular. Por el otro, a quienes defectaron hacia el peronismo se les hizo obvio que la situación no era tan sencilla como cantar la marcha o unos temas de Lito Nebbia para que la economía vuelva a crecer. Lamentablemente, la endeble coalición de Cambiemos, fracturada dentro de sí por diferencias fundamentales (los radicales porteños estaban más interesados en que sus amigos actores e intelectuales no los acusen de genocidas por militar a Mauricio Macri, entre otras cuestiones), era incapaz de canalizar este descontento por el sencillo motivo de que la impugnación del gobierno albertista no terminaba de levantar el cascote popular que pesaba sobre la gestión macrista. Hasta el día de hoy sigue vigente cierta idea, que aunque no sea muy lúcida no deja de ser creída, de que el experimento macrista se trató de un oscuro negociado diseñado exclusivamente para sumir a nuestra gloriosa nación en las garras de la dependencia externa a través del préstamo con el FMI. La visión de Cambiemos como una alianza sin un fin último claro, cuyos miembros estaban más interesados en la mera conquista del poder por el poder, seguía allí y se expresó en primer lugar en la derrota aplastante del larretismo en las PASO de 2023. El votante de centroderecha eligió la relativa claridad moral de ciertas filosofías muy interesantes por sobre la implacable maquinaria ejecutiva de quien mejor implementó la cuarentena. Luego, esta visión lapidaria sobre Cambiemos quedó sellada en las generales, en las que el parvenu se hizo de la clasificación a la final sin contar siquiera con una base histórica, forjada a través de referentes territoriales y experiencia de gestión.
Este fue el momento de duelo. El loco, imagen de la irracionalidad argentina, era la única opción que había frente al corrupto en lo que parecía la peor pesadilla de Recoleta. La desilusión con el país que se había evaporado parcialmente en 2021 se sentía de nuevo sobre todo en quienes ya estaban oliendo el retorno al poder. El endorsement electoral intempestivo de la Doctora Bullrich forzó la decisión de apoyar a Milei y su victoria constituyó el último clavo en el ataúd de la alianza. El ejecutivo interpretó, correctamente, que no tenía por qué agradecer los votos macristas ya que la voluntad popular no puede reconocer partidos. Quienes votaron votaron por Él y seguirán o no votándolo, dependiendo de lo que haga. La elección que se le presentaba a los ex cambiemitas era integrarse, disolviendo con ello su antigua identidad o afrontar el lento e inmisericordioso proceso de constituirse de nuevo en un yo atractivo para el pueblo argentino. Quienes eligieron este segundo camino y solían tener una voz sufren precisamente de un desamparo político e identitario que les impide por ello mismo elaborar críticas operativas, presentar una acción que se le oponga al gobierno.
Afortunadamente para el autor, quizás caracterizable como un gorila post mortem, esta metamorfosis escénica no termina con la destrucción del actor cambiemita. Recordemos que el eje central de la militancia de JGM consistió en la lucha contra el keynesianismo degenerado del kirchnerismo-peronismo. La esencia de su mensaje es y siempre fue que detrás de las mistificaciones en torno a las causas de la inflación existía un Estado o un gobierno desesperado por recursos que no podía justificar las confiscaciones al sector privado. Es decir, un Estado débil, incapaz de cobrar impuestos abiertamente por motivos ya sea políticos o económicos, recurre a la emisión como mecanismo para suplir su insaciable apetito presupuestario y miente sobre la realidad de lo que está haciendo. La destrucción de la inflación en este primer año de gobierno no solo consiste en una victoria económica fenomenal, sino que destruye conceptualmente el núcleo duro de la cosmovisión kirchnerista. Más allá de convertir en mentirosos a quienes taladraron durante años respecto a la primacía de las causas extra-monetarias de la inflación o de la imposibilidad social de bajarla rápidamente, esta verdad revelada invita a la reexaminación de las supuestas conquistas de, sobre todo, el último período del gobierno de Cristina. Las pérdidas de ingresos por licuación de aquel entonces y del gobierno de AF dejan de ser una suerte de calamidad, un ataque hacia el bolsillo popular del garcapitalismo argentino, de los malditos sectores económicos concentrados, y pasan a ser impuestos no legislados a los ingresos de una población pauperizada. La supervivencia identitaria del kirchnerismo no es más que la animación a través de resortes institucionales de un cadáver que comienza a oler a podrido precisamente porque su arduamente defendida imagen de Robin Hoods del subdesarrollo se revela como mera estafa nominal. Las explicaciones que tienen que darle a la ciudadanía van mucho más allá de lo explicable a través de conspiraciones malvadas respecto a causas judiciales. Peor aún, cada predicción que hacen sobre el devenir del gobierno queda una y otra vez falseada por la realidad. La verdadera destrucción de la identidad kirchnerista es su destrucción epistemológica, la incapacidad que tiene de corregir el discurso para salvar las últimas migajas de legitimidad que le quedan. Mentir no solo se convirtió en un imperativo para mantener un mínimo de consistencia, sino que esa mentira necesaria se refuta casi instantáneamente.
En definitiva, esta doble refutación de las identidades políticas que actuaban en el trágicómico escenario de la nación argentina le asegura —incluso más que los resultados económicos favorables— éxito al gobierno en el frente electoral. La creación de una nueva identidad capaz de contestarle en sus fallas ideológicas al liberalismo de Milei, pues ningún proyecto humano carece de ellas, aún no ha comenzado y tiene un arduo camino por recorrer si quiere hacerle frente. La redefinición del peronismo tiene como principal obstáculo tanto al cristinismo vernáculo —esos viejos-jóvenes y jóvenes-viejos aferrados al mástil de la jefa como líder de un movimiento estático y decadente— como al kicillofismo depresivo —amalgama carente de idea y voluntad que solo representa la cabeza institucional del aparato clientelar que tanto invirtieron en construir. Lo enojoso de la figura caricaturesca de Guillermo Moreno para quienes tienen que tomar decisiones relevantes sobre el futuro del movimiento es que representa, defiende, un estado de la discusión partidaria al que ya no es posible volver. Un modelo roto que la gente dejó hace años de comprar y que los adultos en la habitación saben que sería un suicidio electoral vender. Estos saben, lamentablemente, que su único destino, su única posibilidad de supervivencia relativa, está atada al flácido programa de Fundar, un apenas velado representante directo de los intereses de la gran industria proteccionista argentina. Así como al radicalismo de la Alianza, al peronismo le toca aceptar el rol subordinado de pequeño partido conservador por los próximos años.
Parte de los mil pedazos del cambiemismo fracturado formarán parte de esta gran coalición de los derechos adquiridos. El radicalismo porteño ya hace rato había roto en espíritu y en voto con el desalmado macrismo ajustador de minorías. El apoyo lo suficientemente explícito a Massa en el ballotage fue muestra de ese deseo harto reprimido de volver a abrazarse con los que, para ellos, siguen teniendo el monopolio de la moral en este país. A un año de gobierno, el principal intento por generar una idea de oposición sigue la receta noventista de “la sociedad civil” como opuesta a los designios de un ejecutivo al margen de la ley. Las marchas por las universidades, los jubilados y el movimiento LGTB como puntos cúlmine de esta estrategia parecen los únicos medios de siquiera entablar un diálogo en el espacio de las ideas con los libertarios. El viejo estandarte del republicanismo asomaría su asta como forma de plantarse frente al avance arrollador de JGM. El problema con la hipótesis que podríamos llamar “partido demócrata norteamericano” es que el compromiso republicano-progresista carece de una base histórica por fuera de la capital federal más allá de la demanda por derechos de propiedad sólidos, algo con lo que el gobierno está ya de por sí comprometido. La separación y limitación de poderes junto con la progresiva expansión de los derechos de las minorías y el estado de bienestar son una historia bastante poco vendible en una nación regida permanentemente por la excepción, en la que abundan los enclaves feudales, la pobreza extrema y el rule of law solo aplica para los ingenuos. Quienes quieren derechos de propiedad sólidos no van a abandonar un ejecutivo fuerte que se los asegura por el ideal de una democracia pluralista cuando un sólido porcentaje de esa democracia no está de acuerdo con la existencia de dichos derechos. La supervivencia zombie del cristinismo rompe por su mera presencia la posibilidad de una alternativa electoral unificada en torno a la soberanía del congreso o mistificaciones del estilo. En buena medida la situación para nuestros demócratas, al igual que para los peronistas, es una vuelta al punto de partida político de tener que sentarse a pensar qué quieren ofrecerle al pueblo que sea superador al pseudo-monarquismo mileiísta. Mientras tanto este último irá integrando progresivamente al amplio abanico de técnicos del Estado, los cuales nunca le dan del todo la espalda al Poder.



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Artículo de muchísima calidad. Enhorabuena!!