Palabras, cerebro y sociedad
Vos tuiteá, pibe
El hilo que conecta las razones y las acciones en el mundo contemporáneo es difícil de aprehender. Para el observador poco atento, es decir, todo aquel que no lea estas columnas, el mundo se le aparece como un oscuro cúmulo de intereses contrapuestos dedicados exclusivamente a perseguir sus propias agendas. Desde luego que cada interés esgrime para sí una razón que considera muy noble e intenta convencer con ella al resto de la sociedad o incluso del mundo, pero por lo general estas razones públicas se muestran como falsas bastante rápidamente. Es por eso que cada tanto es necesario reflexionar sobre cómo circulan, penetran y actúan estas razones públicas, más en un mundo en el que estos procesos están viviendo una verdadera revolución. Aventuraremos hoy a preguntarnos de forma breve e incompleta cómo piensa el mundo. Para eso pasaremos primero de las razones individuales a las colectivas, las características de estas últimas y, finalmente, por qué hay que tuitear.
Mostrar todo el sentido que te ordena es volverte bastante predecible, darle a tu enemigo las herramientas necesarias para saber cuándo, cómo, por qué y para dónde vas a moverte. La frecuente fragilidad que ordena a las personas hace que no puedan darse el lujo de ser tan predecibles. Los motivos individuales son por lo general obtusos, contradictorios. Más aún, no es infrecuente que los individuos se oculten a sí mismos sus verdaderos razonamientos, sus verdaderas intenciones, para poder ser más creíbles en su cotidianeidad.
No me gusta, por ejemplo, el concepto del autosabotaje, algo muy diferente del simple error. El que atenta contra su propio interés en verdad está más genuinamente interesado en que ese interés no se cumpla que en que se cumpla. Si su acción libre apunta a lograr A, por más que A sea nocivo en términos del normal de una sociedad, y dice que en verdad quiere B, tiendo a pensar que en verdad quiere lograr A y se oculta a sí mismo eso porque le resulta inaceptable. Es completamente válido desear la muerte, la soledad o la enfermedad, aunque no sea muy recomendable.
Es justamente por ese caos inherente al individuo que las razones más abarcativas, comunitarias, provinciales, nacionales, globales, tienen que ser lo más claras posibles. Las razones generales tienen que ser como el agua para los peces, o el aire para las creaturas terrestres, una presencia constante que por ese mismo motivo no se percibe siquiera como una presencia. Estas razones constituyen la base sobre la cual las individualidades caóticas atraviesan sus vidas, se disputan honores u objetos del mundo, encuentran la felicidad, eligen la desdicha. Las razones públicas nos unen, nos enseñan a resolver diferencias, nos ayudan a establecer valores supremos que permiten ordenar nuestras existencias comunitarias.
Es iluso pensar que las mismas pueden no estar, es decir, pensar que el individuo es plenamente autárquico y capaz de sobrevivir sin ellas. Eso no significa que no sea un gran objetivo intentar que las mismas sean lo menos restrictivas posible sobre lo impredecible de la voluntad individual, que idealmente una persona nunca deba encontrarse con el límite de las razones sociales. El libertarianismo, en última instancia, no es más que eso: buscar el límite de menor incidencia de las razones públicas posible sobre el individuo sin que ello derive en el colapso moral de la sociedad o la invasión extranjera.
Si las razones individuales surgen de los cerebros, las mentes o las almas individuales, las razones públicas surgen de cerebros públicos. La elaboración de sentido colectivo usualmente queda a cargo de cuerpos colegiados, ordenados de forma jerárquica y orientados al debate dentro de ciertos parámetros respecto a lo que constituye el bien común. Estos cuerpos son, sin embargo, bastante frágiles en términos de su relación con este bien. La cantidad de motivos por los que degeneran en cuerpos representantes de intereses particulares en lugar de generales es innumerable y se relaciona con lo inasible de su materia. La diferencia entre el bien y el mal es muchas veces tenue, mientras que también, por lo general, quienes más la conocen suelen ser los más capacitados para disfrazar al bien del mal y viceversa. La experimentación respecto a géneros de cerebros sociales es bastante amplia, cada civilización encontró formas de adaptar este problema, el de la coordinación colectiva, a sus particularidades. Variando en grados de religiosidad y esoterismo, más o menos hereditarias, basadas en reflexiones teológicas, filosóficas o naturales, cada mundo intentó establecer una serie de parámetros a través de los cuales escapar a la muerte y preservar su cultura. Todos, o casi todos, fallaron aunque descubriendo algo en el proceso.
Hoy día nos encontramos ante una nueva forma de pensar el cerebro colectivo. No me refiero, desde luego, a las fantasías de que la inteligencia artificial pasará a reemplazar a la agencia humana en la determinación del bien y del mal. Me refiero en particular a la inmediatez, horizontalidad y jerarquización por impacto de las razones que plataformas como X-Twitter permiten. En estos ámbitos las razones circulan de manera semi-calificada, de forma global e instantánea, y ordenan con ello las acciones de los agentes. Hoy en día seguimos en los albores del impacto de este cambio. Las organizaciones de producción de razones públicas siguen, con excepción de en países como el nuestro por razones muy particulares, dominando el juego argumental por su filiación político-institucional.
El problema frente al que estas instituciones se enfrentan es que para colectivizar estos sentidos que producen deben necesariamente enfrentarse a la selva que las plataformas horizontales habilitan, ya que ellas son las que tienen el monopolio de los medios de distribución. Si bien las instituciones tienen mejor acceso a la cúspide jerárquica de la sociedad, no tienen ni de cerca el poder de penetración mental individualizado que tienen las redes.
Este problema es particularmente acuciante en las sociedades en las que el elector soberano es el pueblo en su conjunto. La determinación de las razones del presente que movilizan con más fuerza a los ciudadanos tiene que pasar por un filtro anárquico y ajeno al control estatal. Aislarse de este flujo, al igual que aislarse de los flujos comerciales, implica que el cerebro colectivo local va a estar poco capacitado para lidiar con las razones globales y la influencia de las mismas se va a volver tanto más subterránea como más nociva. El pensamiento local se estanca, se vuelve dependiente de enclaves protegidos y obsoletos que requieren cada vez de mayor protección para sobrevivir a un mundo que lo ha dejado atrás.
Más aún, el dirigismo proteccionista en lo que concierne a lo racional es incluso más peligroso (y generalmente estúpido) que el dirigismo económico. Consiste en una odisea en la que si se llega a destino es bastante más por la gracia de la fortuna que por la virtud de quien está al mando del barco. Por lo general, si no se llega a extremos de autoritarismo y censura, las razones que sobrevivieron al Kodoku discursivo de las redes y foros globales van a devorarse con facilidad a las que fueron criadas peleando sobre trivialidades, tan comunes en las instituciones públicas. Este proceso culmina en la deslegitimización absoluta del Estado, al que se lo ve como un ente que opera en la mentira y el engaño, enfrascado en una lucha a muerte con la realidad.
Es así que estamos frente a un momento histórico en el que la globalización del sentido del bien y el mal es inevitable. Esto no implica que el interés estatal desaparece o se funde en el interés global, ya que la individualidad nacional es un hecho irreductible. Aunque concibamos de forma similar al mundo los recursos son escasos y la disputa en torno a ellos inevitable. Solo vamos a pasar a tener, en lo relevante, progresivamente un lenguaje común no ya exclusivo de élites, sino de toda la población.
Si bien la gente cree que los discursos en las redes hiperindividualizan el lenguaje, se equivocan. Cada fragmento lingüístico está conectado en su origen con las grandes corrientes y discusiones que animan el presente. Como un gran río con infinitas ramificaciones, los pequeños cursos se nutren del grande y suelen volver a él, mientras que si se quedan solos, desconectados de cursos mayores, rápidamente se secan y mueren. La trazabilidad a un lenguaje común permite que los individuos dotados del coraje y la inteligencia para emprender el camino cuesta arriba del cauce sean capaces de no solo entender las condiciones de su lenguaje original, sino dialogar de forma efectiva con el resto de las ramificaciones, comprender los afluentes e intervenir en el cauce principal. En este sentido, la trazabilidad implica una continuidad en los criterios del bien y el mal entre las distintas ramificaciones que, más que un efecto disgregador, congrega a los ramales en tanto se ven herederos de un mismo flujo. La polarización que se observa en la política fáctica es cada vez mucho más el producto de quienes quieren sostener el modelo institucional frente a los revolucionarios de las redes.
Frente a este panorama mi recomendación para los jóvenes sensibles que creen tener algo para decir es que no se queden en la idea, en la masturbación intelectual de la palabra privada, y empiecen a chocarse con el reino anárquico de la palabra pública virtual. La salida del caparazón puede ser dolorosa, traumática incluso, pero vale la pena. No va a ser sencillo, tampoco. La realidad en última instancia es que el mundo discute en cada momento unas pocas ideas propuestas por unas pocas personas. Llegar hasta allí (no es mi caso) implica escalar muros elevadísimos. En lo personal creo que el mero intento ya provee suficiente interés.


