Reflexiones en torno a la naturaleza del interés
¿Una síntesis kant-hegel-marx-hayekiana?
Hace tiempo vengo amagando con publicar una pequeña teoría del interés, que debería ser leída luego de leer mi interpretación de la teoría del valor trabajo, pero que en buena medida se sostiene por sí misma. Hoy se las comparto por acá. A la pregunta “¿qué es el interés?” la responderemos presentando primero de forma muy resumida dos teorías del interés, la marxiana y la hayekiana, criticando ambas posiciones y, como no podía ser de otra manera para un intento de filósofo, presentando una síntesis de ambas.
Comienzo marciano
Una de las formulaciones marxianas más hermosas es la que describe al ciclo del capital como D-M-D’, dinero que se transforma en mercancía que se transforma nuevamente luego en dinero con un extra. Existe en esta formulación cierto reproche, cierto elemento subversivo respecto al ciclo propiamente productivo M-D-M en el que el dinero se habría mantenido como mero medio para la reproducción del ciclo del trabajo social. Si bien la mercancía se transforma en el vil metal, la misma vuelve nuevamente a sus orígenes, el proceso refiere a su componente “humano” y se acaba como acto de consumo en la nueva mercancía. El proceso D-M-D’, a pesar de tener los mismos componentes que el otro, tiene un fin completamente distinto que es el de la valorización, el ser valor que se realiza a través de una mercancía con el solo fin de volver a ser valor, un valor mayor.
Este proceso, en apariencia tautológico, constituye la base del motor económico y su natural corolario es el interés. Porque el pasaje de D a D’ implica un diferencial de valor y la no instantaneidad del proceso que indica la necesidad de que tenga un sustrato material para su realización (M) lo pone a jugar dentro de los límites témporo-espaciales de la experiencia humana. Nadie va a intercambiar sin más un valor presente menor por uno mayor, de no mediar coacción alguna. Incluso en las transacciones financieras, que Marx describe como D-D’ por carecer de un sustrato-mercancía (muy discutible), la variación casi instantánea opera a raíz de un cambio en el tiempo o bien de las condiciones de mercado o bien de las expectativas futuras respecto al valor del bien financiero intercambiado. El intercambio D-D’ no es ajeno al pasaje del reino algo abstracto del valor al reino material. Esto es, el hecho de que la valorización sea un proceso condenado a necesitar de un pasaje por el reino de la materia para realizarse, particularmente por el reino del tiempo, hace que el interés sea un componente inherente a su propio concepto.
Siguiendo este razonamiento, ¿qué es el interés? Podríamos atinar hasta aquí, una definición inicial del mismo, algo escueta, como el cociente entre un diferencial de valor ajustado por el tiempo. Si extendemos esto al conjunto de los procesos de la economía aceptando la tesis de la valorización, la tasa de interés promedio estaría dada por el promedio de magnitud de estos procesos de valorización ajustados por tiempo. La tasa de interés, en equilibrio, de una economía convergería aproximadamente a su tasa de crecimiento ya que el principio de intercambio equivalente (algo tan hermoso, tan Full Metal Alchemist, pero abandonado por el marginalismo) indica que nadie va a prestar dinero por un monto menor al que podría conseguir haciéndolo producir. No olvidemos que en todo esta reflexión seguimos ubicándonos en el ámbito del ideal económico, de su ley pura, mientras que la realidad con sus múltiples ineficiencias da lugar de sobra para industrias enteras basadas en explotarlas.
Márgenes marginalistas
Ahora metamos el ingrediente hayekiano. La tasa de interés no surge tanto como un diferencial en el proceso de valorización sino que es un producto directo de la existencia del tiempo como factor en la existencia humana. Nuestra naturaleza limitada prefiere bienes presentes sobre bienes futuros y en virtud de ello siempre vamos a pagar un mayor precio por algo hoy que por algo mañana. Más vale pájaro en mano que mil volando.
La forma de coordinar, de ponerle un precio a ese conjunto abstracto y cambiante de preferencias temporales es la tasa de interés, que determina el precio de los bienes futuros en relación a los bienes presentes, permitiendo con ella el ahorro. El capital no es tanto una función de la producción como una función de la previsión, de la capacidad de optimizar procesos presentes en pos de un beneficio futuro. Las sociedades y los individuos se seleccionan en base precisamente a esta habilidad de preveer, de ahorrar, de sacrificar placer presente por seguridad futura. Naturalmente que la optimización de los procesos productivos es clave en este arbitraje entre presente y futuro, ya que si se prevee escasez o prosperidad el precio esperado del futuro va a variar, siendo esto una medida de lo que se comienza a producir hoy.
El horizonte temporal del ser humano, concebido económicamente, se vuelve objeto de la negociación mercantil. La agregación de preferencias respecto a los bienes presentes y futuros confluyen en el establecimiento de un precio para el dinero que en verdad es un precio para el tiempo, en la medida en que el dinero es una representación de la valoración subjetiva de la preferencia temporal. Atentar unilateralmente contra esta agregación es anatema al buen desarrollo social, porque introduce señales erróneas respecto al cómo optimizar la propia actividad vital, dando a entender que existe un stock mayor o menor de ahorros sociales disponibles y una expectativa mayor o menor de bienes futuros. Tocar la señal fundamental de precios, la tasa de interés, es intervenir en la determinación individual de la virtud, confundir al ser humano sin que este entienda siquiera que está siendo engañado. Gran argumento económico contra el afán ordenador del Estado.
Problemas
Para este breve ejercicio sintético primero debemos dar cuenta de las limitaciones de estas dos definiciones iniciales.
Marx y Babel
Para la primera definición que dimos el tiempo era un factor bastante exógeno a la determinación del interés, en buena medida también porque no desarrollamos aquí el sentido profundo del tiempo social en el marco del proceso D-M-D’. La primacía del tiempo social como fuente en esta determinación inicial del interés oculta el modo en que este interactúa con el tiempo, por así decirlo, físico.
El interés aparece así como una relación en donde el tiempo, los valores sociales, solo utilizan al mundo como herramienta para reproducirse a sí mismos, independientemente de lo que produzcan en él. La valorización, actividad central del capital, aparece desarraigada de su referencia a un universo que le es indiferente. La materialidad del proceso productivo es un subproducto inesencial al mismo, que solo está ahí como intermediario. Este pase de manos que define al Capital no constituye una acción, propiamente hablando, sino un acto de locura autorreferencial, el funcionamiento de una máquina casi inhumana dedicada a oprimir al mundo material, témporo-espacial, bajo su funcionamiento.
El interés se convierte así en la evidencia de la esencia parasitaria del Capital sobre la vida, una instancia negativa que da cuenta de su incompatibilidad con una sociedad bien ordenada. Sacar al consumo como instancia de realización del proceso productivo lo terminaría deshumanizando, volviéndolo un fin en sí mismo dedicado a la explotación de la biología subyacente. El Capital implicaría la bifurcación efectiva de la felicidad y la virtud, la felicidad humana se vuelve incompatible con el esfuerzo y el trabajo ya que estos últimos alimentan una máquina que sobrevive a base de destruirla.
La prohibición bíblica del interés vuelve renovada al discurso político, dándole un manto de modernidad al asunto. El hombre ha creado una torre que infringe en terreno divino, una torre que se construye a sí misma y amenaza con devorarse al tiempo. La opción es destruirla antes de que ofenda a yahwe o esperar hasta que la divinidad iracunda nos individualice al extremo, nos vuelva incapaces de comunicación, de comunión alguna. La ciclicidad del D-M-D’ es una afrenta al perfeccionamiento moral que manda la religión y el interés un género de vínculo humano que conduce a la perdición de la naturaleza y el espíritu. En resumidas cuentas, la primera definición de interés se presta a la crítica negativa a la actividad económica, común dentro de los neo-estatistas.
Hayek y la dignidad del Leviatán
La segunda definición nos acerca un poco más al concepto que queremos desarrollar en la medida en que la dimensión temporal, el vínculo entre interés y tiempo físico, toma un rol preponderante. El interés se vuelve explícitamente un fenómeno que surge a través del encuentro entre la naturaleza humana y el mundo. Se convierte en el modo que tiene esta primera para optimizar su relación con el segundo.
El problema es que, si bien la primera definición se excede en su respeto al componente divino de esta relación, la segunda peca por defecto del mismo. La naturalización de la actividad económica y del avance sobre la temporalidad física da por sentado presupuestos teleológicos en el orden de las actividades humanas que terminan hundiéndola en la misma religiosidad de la que quería escapar. La uniformidad del tiempo físico, uniformidad sobre la que actúan las preferencias temporales, es el producto de una serie de cambios en torno a la concepción del tiempo y no un punto de partida antropológico.
En efecto, la relación con la temporalidad históricamente estuvo mucho más marcada por el exceso, la indeterminación, la preponderancia de la acción divina sobre la temporalidad. El bien futuro solo era posible como resultado de una gracia divina, entendida como la clemencia climática, la victoria en la batalla, evitar la muerte súbita, etc.
Asumir la relación utilitaria como fundamento económico es descuidar el modo en que la misma es posibilitada por una relación específica con la incertidumbre temporal y, por tanto, con la divinidad misma. Es el Estado moderno, específicamente, el que pacifica el tiempo, haciéndose vicario terrenal de Dios, y permite esta relación calculadora con el futuro. Todo el entramado utilitario depende de este derecho específico y puntual, de este nuevo Dios. Es por eso también que solo describe superficialmente la acción de su nuevo sujeto, aunque de forma muy útil para fines prácticos en tanto muestra cómo se le aparece a sí mismo la acción (venga ese para-sí hegeliano).
La estabilización de un derecho específico hace que la acción económica no tenga que preocuparse por sus condiciones cada vez que actúa, a diferencia de la acción política que, cuando es seria, ve la incertidumbre del vacío de la voluntad frente a sí. Es decir, la acción política se enfrenta por su naturaleza a la incertidumbre del presente. La acción económica, por el otro lado, se enfrenta mucho más a la incertidumbre del futuro.
En definitiva, esta segunda definición es vulnerable a la pregunta por el fundamento, a la pregunta política. No tiene una respuesta a la primacía del Estado más allá de responderle que está en su propio interés no politizar la economía. Incluso su fundamento moral, la ley de apropiación, entiende que el bien común puede supercederla de vez en cuando. El interés se convierte así en una ficción posibilitada por el Estado y pasible de ser negada por este último de creerlo necesario, y bien que el Estado suele creerlo necesario bastante seguido. La incapacidad de ir más allá, de preguntarse por el fundamento genuino, metafísico, de la acción económica y quedarse en una mera naturalización espúrea de los componentes de la misma es lo que la condena a la inefectividad en el largo plazo. Ella deja abierta el flanco de la totalidad y, por lo tanto, alguien lo toma y la asesina con ello.
Síntesis
Vimos que estas dos explicaciones fallan en darle un fundamento sólido al interés, en darle un sentido más allá de los límites de una crítica vacía al presente o una justificación superficial de sus estructuras. He ahí también la inefectividad política de ambas escuelas, enfrascadas en una lucha sorda en la que los preconceptos de ambas priman. Una apela a la reflexión para negar el presente, al que asume intrínsecamente malvado, mientras que la otra desarrolla una axiomática hasta sus infinitas consecuencias para distraer de la pregunta por sus principios. La clave para reconciliarlas está, entonces, en el reconocimiento tanto del aspecto creado del terreno de la acción económica como de su racionalidad intrínseca, en oposición a la irracionalidad de la que la acusa el neo-estatista.
Si bien el interés emerge como producto de la diferencia entre la valoración subjetiva del presente y del futuro, dicha valoración subjetiva solo tiene un fundamento objetivo en el marco del Estado moderno. La crítica a la no-naturalidad de la acción económica es correcta, en tanto la misma palidece frente a la indeterminación temporal del estado de naturaleza e incluso de un Estado que no se asume a sí mismo como infinito. Por el otro lado, la crítica religiosa borra el aspecto racional y volitivo de la acción económica. El ciclo D-M-D’, como planteamos antes, muestra un proceso mediante el cual un cúmulo de valor social representado por el dinero se materializa para reproducirse.
Esta materialización implica una transformación de un tiempo socialmente necesario, es decir, un valor social (acá más detalles al respecto) en un objeto dentro del espacio-tiempo, por una duración determinada, para luego volverse nuevamente un objeto social, un objeto ajeno a esta limitación. En efecto, un objeto social no está sujeto a las leyes de la naturaleza en términos de degradación entrópica, aunque sí a las leyes sociales-políticas. El cuerpo público sí se podría decir que está en constante batalla contra las fuerzas de la naturaleza, pero su verdadera degradación y sujeción es a las leyes morales, es decir, al carácter de sus ciudadanos. El reino de la libertad, por llamarlo de una manera, tiene como súbditos a los valores sociales.
Vemos así que la acción de la valorización, de la acumulación de capital, no es ni más ni menos que el avance del reino de la libertad sobre el reino de la naturaleza. El quantum moral debe transustanciarse, ocupar un lugar en el mundo físico y demostrar su valor allí, para validarse a través de este proceso y fortalecerse.
La adecuación de la magnitud moral a la naturaleza se determina en última instancia por su adecuación a las necesidades del sustrato del Estado, esto es, a las necesidades humanas. Es ahí en donde vemos operar con fuerza a la segunda definición. El modo de adecuar el capital a la naturaleza es, por la impredicibilidad de esta última, sumamente indeterminado y dependiente del sustrato natural al que refiere. La necesidad humana, el deseo, requiere de una constante redefinición de los términos y condiciones de la producción, que a su vez posibilitan la reproducción tanto del capital como del Estado.
Es así que la función individual, y por tanto la función social, de utilidad, de preferencia temporal, ordena las funciones productivas. Se establece de este modo un diálogo entre reino natural y reino de la libertad que tiene al cuerpo humano como uno de sus participantes indiscutidos. Las funciones naturales van siendo cada día más y más cubiertas, estudiadas, predecidas y redeterminadas por el aparato del reino de la libertad.
Este camino de desarrollo implica ni más ni menos que la humanización progresiva de la naturaleza entendida tanto en su dimensión espacial como temporal. El aspecto espacial es el más comprensible ya que implica meramente hacer cada vez más compatible el entorno con la necesidad del ser humano. El aspecto temporal es el más abstracto y el que refiere directamente a lo que conocemos como interés.
La sucesión de instantes, el tiempo, es la condición de la experiencia subjetiva, es el orden último de los eventos en la conciencia. La preferencia temporal es, por tanto, un ordenamiento racional de esa condición de la experiencia subjetiva, esto es, un avance de la libertad, de la realización de la voluntad humana, sobre la mera naturaleza. Llevado al conjunto, la agregación de las preferencias temporales individuales, la tasa de interés social, es la herramienta mediante la cual la sociedad en su conjunto avanza sobre la mera temporalidad de la conciencia que la fundamenta. A través de ella el reino de la libertad se vuelva capaz de abarcar cada vez más y más de un futuro que allana de antemano.
En definitiva y para concluir, el interés no es ni más ni menos que la subordinación metafísica del tiempo físico, de la condición subjetiva de la conciencia, a la voluntad, es decir, a la libertad. En su esencia, es un indicador del horizonte temporal que una sociedad tiene para abarcar el futuro. Si ocurre de manera natural, una tasa de interés alta es indicativa de una sociedad con un horizonte temporal bajo, insegura, inestable, en la que los problemas del presente superan con creces a los futuros. Por el otro lado, una tasa baja suele ser indicativa de la posibilidad de abarcar períodos cada vez más extensos, da cuenta de una sociedad que se puede dar el lujo de mirar al horizonte. Desde ya que esto no es tan lineal, en la medida en que hay múltiples factores (eminentemente la degradación moral del Estado, condición de posibilidad de todo esto) que intervienen en las tasas visibles.
Conclusión
El interés es la exteriorización del avance del reino de la libertad, es decir, de la realización de la voluntad humana, sobre el tiempo, entendido como su sustrato natural. Este avance se realiza a través del proceso de valorización del capital, de la transubstanciación de magnitudes morales en magnitudes naturales que el proceso de inversión y producción implica. La determinación y regulación de este proceso es llevada adelante mediante la adecuación de la naturaleza a las condiciones de la experiencia humana y, por tanto, regulado a través de los mecanismos de preferencias temporales de los individuos, a quienes refiere todo el proceso.


