Teoría del valor trabajo, ¿para qué?
Apuntes dominicales e incompletos sobre temas de actualidad
Parece bastante ridículo a esta altura del partido salir a defender a la tan denostada teoría del valor trabajo, pero no soy quien para negarme a tan innoble tarea. Es más, voy a confesarles a ustedes, mi muy apreciada aunque quizás inexistente audiencia, que disfruto sobremanera abusar de la posibilidad de decirles que están todos equivocados. Las opiniones en torno a la teoría del valor trabajo parecen bifurcarse de forma irreconciliable. Por un lado están quienes la utilizan para justificar en mayor o menor medida el control colectivo-estatal sobre los procesos económicos, en tanto la misma fundamentaría cierta teoría del “precio justo” de las mercancías, eminentemente del trabajo, que las condiciones políticas de las sociedades capitalistas pervierten y el Estado debe solucionar. Por el otro lado, están quienes consideran que la misma ha quedado taxativamente refutada como explicación de los procesos económicos por el marginalismo y las funciones individuales de utilidad, como explicaciones mucho más adecuadas de los fenómenos económicos y la formación de precios. En el primer grupo tenemos, entonces, a la variopinta fauna de los estatistas decimonónicos y los comunistas contemporáneos, atrincherados en la atrocidad de la extracción de plusvalía para criticar al capitalismo, mientras que en el segundo grupo tenemos a la gente normal, es decir, todo el establishment de la profesión económica que en buena medida determina el curso de los acontecimientos globales.
Si bien el lector atento notará mi ligera, muy ligera, preferencia personal por políticas públicas favorecidas por este segundo grupo —incluso por talibanes ortodoxos dentro de este segundo grupo que consideran a sus colegas más fiscalmente laxos comunistas— sigo sosteniendo la utilidad, incluso la verdad, de la teoría del valor trabajo. Pasaré a explicar la conciliación de estas dos posiciones en apariencia contradictorias a través de mi interpretación poco correcta de la TVT, específicamente la TVT desarrollada por Marx en Das Kapital. En efecto, mi cercanía económica con los detractores de la TVT deriva de que no considero que la misma implique una injusticia intrínseca al proceso económico y una consecuente necesidad de intervención racional-estatal en su seno. Su relevancia está dada mucho más por el modo en que la misma nos permite conceptualizar el sentido profundo de la acción económica, evitando que la misma se diluya en un universalismo humanista del que pecan ambos lados de esta grieta epistémica.
La Teoría del Valor
La explicación de los procesos económicos se asienta inevitablemente en una antropología de algún tipo. El ser humano tiene tales y tales características de las cuales brota naturalmente algo que llamamos producción y algo que llamamos comercio. Desde una perspectiva más ortodoxa, es la intertemporalidad misma de estos procesos y el diferencial de valor entre la variación de la ubicación de los objetos en el tiempo físico la que sustenta el surgimiento de la tasa de interés y el consecuente surgimiento de la reflexión económica. Es decir, existe una continuidad ininterrumpida entre la legalidad natural, que constituye nuestra naturaleza biológica, y la legalidad económica.
La teoría del valor trabajo desarrollada por Marx no sigue esta línea. En efecto, la TVT en Das Kapital tiene como punto de partida la existencia de una sociedad muy particular, la sociedad mercantil, una sociedad de productores y consumidores particulares que coordinan socialmente su producción a través del mercado, de las señales del sistema de precios. La teoría del valor trabajo en el Marx maduro, a diferencia del joven, no aparece como el resultado de la acción de la naturaleza humana sino más bien como el resultado del desarrollo social, del Geist hegeliano por ponerlo de algún modo. Aquello que yace latente, animando este teatro del intercambio de mercancías no es el hecho natural de la escasez sino, en una sociedad de estas características, el hecho de que todo objeto llevado a mercado solo puede ser tal si tiene en sí un componente humano que lo vuelva igualable, en su esencia, al resto de los objetos del mercado. La intercambiabilidad absoluta de las mercancías, la posibilidad de su conversión mutua entre sí, asume una sustancia común a todas ellas, sustancia que no puede ser de índole material ya que en eso difieren todas.
El trabajo es precisamente este fundamento común que posibilita el intercambio. Ahora bien, es claro que si negamos que un elemento material pueda fungir como base del intercambio de las mercancías, el componente material del proceso de trabajo no es el que determina el valor de las mismas. La teoría del valor trabajo, correctamente entendida, no consiste en la sacralización de la actividad fisiológica llevada adelante por homínidos en un proceso productivo. La misma refiere a que el valor de una mercancía está dado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir un objeto. Pasaremos a aclarar esta expresión y a meter algunos cuantos elementos personales en la interpretación de la misma.
En primer lugar vemos que el contenido del valor no es una magnitud física sino una magnitud temporal: no es trabajo, sino tiempo de trabajo. El proceso productivo encierra en las mercancías la intención, la voluntad, de un participante en la sociedad mercantil visto por el comprador como, en mayor o menor medida, un igual. Es este reconocimiento de, por ponerlo de algún modo, el trabajo ajeno como digno en sí mismo el que dota al objeto-mercancía de valor social. Ni las características físicas ni el esfuerzo individual son los fundamentos del valor para la TVT, sino el reconocimiento social, colectivo, del valor del objeto de la consciencia ajena, el tiempo. El componente de trabajo de este tiempo refiere a la intencionalidad de la actividad. La misma no es meramente un tiempo como sucesión de instantes de una conciencia ajena sino un tiempo calificado, producto de una búsqueda y un esfuerzo subjetivos.
Más aún, esta temporalidad calificada puede ser el resultado no solo de la inversión existencial de un ser humano individual, sino de la de una familia, la de un país, o la del mundo entero. Esto vuelve al proceso de determinación concreta de los valores, más aún en cuestiones para las que no existe un mercado líquido producto de un sinfín de operaciones anteriores, en una cuestión terriblemente compleja de determinar a priori. La temporalidad del valor no es una sucesión de instantes sino fundamentalmente historia, tiempo con sentido. La historización del tiempo que funciona como base del valor es la que vuelve imposible su determinación a priori y requiere de una instancia social para su realización.
El componente de necesidad social de este tiempo de trabajo refiere a que este valor originado en la conciencia individual no puede determinarse ni ordenarse por sí solo. No es el tiempo de trabajo en sí mismo el que determina el valor de su producto sino el diálogo que este tiempo, esta intención, establece con el tiempo y las intenciones colectivas. Cada participante en el mercado mide el tiempo dentro de una mercancía contra sus propias experiencias temporales. Los componentes de oferta y demanda que se intuyen en las instanciaciones concretas de los valores, los precios, son precisamente los resultados de estas perpetuas renegociaciones entre temporalidades humanas en disputa por su valuación recíproca. Todos deseamos que nuestro tiempo valga lo máximo posible mientras que el ajeno lo mínimo posible, ya que esto nos eleva por sobre los demás. El mercado funciona como medio a través del cual esta lucha por la jerarquización se ordena en el mundo contemporáneo, ordenando a su vez a los individuos para que se orienten hacia aquellas actividades que elevan lo máximo posible el valor de su tiempo respecto al de los demás.
Es así que el valor, producto de estos procesos individuales, se convierte en una magnitud social a través del mercado. La temporalidad interna convertida en historia entra en competencia con el cúmulo de historias ajenas que buscan subordinarla a su concepto y el precio surge como resultado de este choque de sentidos. De este modo, la teoría del valor trabajo no consiste en lo que se conoce vulgarmente como una teoría “objetiva” del valor, en el que las magnitudes temporales refieren a cantidades fijas e indistinguibles que permiten determinar irremediablemente un precio a partir de costos. El hecho de que el tiempo de trabajo sea una magnitud histórica, producto de la voluntad individual, le da un fuerte componente subjetivo que luego se objetiviza a través de su realización en el mercado. La objetividad del valor no refiere a la indubitabilidad y determinación a priori del precio sino a la existencia genuina del valor de los mercancías independientemente de los precios o de los sentimientos individuales en torno a los mismos. Esta realidad del valor es del orden del derecho, del deber ser, en tanto es un producto de la voluntad humana que anima y explica todo el proceso económico. Sin este el mismo carece de sentido histórico y queda reducido a la vulgaridad del consumo y la acumulación crematística. Más aún, este proceso de objetivización de la subjetividad explica sin ningún problema la fluctuación constante en el mundo de los precios y la dificultad para la determinación a priori, es decir, antes de que una mercancía se realice a través del intercambio, de los mismos.
¿Para qué?
Con esta breve y muy incompleta exposición podemos hacer una aproximación inicial a la importancia de una teoría del valor en el análisis político y económico. La misma nos permite desembarazar a la acción económica de su dependencia de la política para llegar a tener valor en sí misma. El proceso económico no se reduce, de esta manera, a la maximización de la utilidad individual y la consecuente búsqueda de la felicidad humana. Esto es importante en tanto la felicidad siempre y en todo lugar está subordinada al deber, a la virtud y a las causas más elevadas del espíritu.
El proceso de objetivización de la subjetividad que supone el trabajo en el marco de una sociedad capitalista le da al individuo un sendero a través del cual elevarse de la particularidad de su existencia física al absoluto del servicio a la sociedad. El bienestar que obtiene por ello es secundario frente a la realización y dignidad derivadas de la actividad económica genuina, del volver al tiempo propio tiempo necesario socialmente a través del trabajo. Es importante notar que la politización de la economía destruye este proceso de realización económica al interferir con el sistema de señales del mercado, rompiendo con el sistema de reconocimiento recíproco y el sentido original de la acción económica. Ahí un poco se encuentra la raíz del problema de la desazón con el sentido del trabajo tan frecuente hoy día.
La reducción a la subjetividad del marginalismo impide encontrar en la acción económica sentido alguno más allá de la maximización de las pasiones vulgares y por eso está destinado a ser devorado por la estatalidad, que se mueve por su naturaleza en el ámbito del derecho. La economía se vuelve así una herramienta en el arsenal del hábil estatista para controlar a su población, mas nunca puede volverse un método sostenido de desarrollo social. El Leviatán siempre, tarde o temprano, terminará devorando a su criatura en su afán de control general, ya que el lenguaje de los anticuerpos se maneja en un nivel inferior. Al derecho político es necesario enfrentarle el derecho económico, y el mismo no puede existir si el proceso económico se reduce a la eficientización del mundo físico.


